Molotov en Münich

 

Ante la desilusión de recibir un mail de la compañía HEKTICKET.de  que confirmaba que las localidades para el concierto de Molotov en Münich están agotadas y asegurando que, a la brevedad  recibiré el reembolso por la compra fallida; traté de darle consuelo a mi pobre alma. Ya en México en algún ViveLatino tuve oportunidad de escuchar a la banda en vivo, pero el aburrimiento concentrado que agandalla en la campiña alemana me animó a decidirme por asistir al concierto. Así que salí de mi pintoresco March, opté por treparme al tren en el Bahnhof de la ciudad de Rengesburg rumbo a la capital bávara. Aventurarme a conseguir boletos de reventa no debe ser tan complicado, pensaba mientras me disponía a fumar el primer tabaco mañanero aposentando mi hermoso trasero en la escalinata de la catedral de Ratisbona, haciendo tiempo para abordar y llegar a München al medio día.
La semana negra en Alemania me recuerda la sensación de miedo con la que sobreviví en México. En tierras germánicas,  lo digo con el riesgo de que se me tache de malinchista, aprendí lo que es caminar sin temor por la noche, recorrer las calles sin recibir  escupitajos de amor de algún latin lover, atravesar un parque donde hombres reunidos no babearan con sus miradas mis piernas, asistir a un “jam” debajo de un puente a las afueras de Berlín hasta el amanecer y regresar bebida sin sufrir ningún tipo de altercado. Me encuentro ahora comiendo en un fast food turco. Aún con el malestar que por la mañana de hoy me causara aquel guardia de la catedral de Ratisbona cuando me confundió con mujer armenia y de manera nada sutil me pidió retirarme del lugar porque llegaban los turistas. Mi pensamiento se desvanece de golpe cuando sobre la avenida Luwigbrücke de la ciudad de München pasan a toda velocidad, con bocinas encendidas, por lo menos media docena de camionetas de la policía local. Todos los comensales nos percatamos de las armas largas que portan los gendarmes. Unas mujeres en la mesa de junto ataviadas con Al-amira casi meten sus velos dentro de sus platos, un hombre joven de preciosos ojos, indiferente ante el sonido de las sirenas muerde su kebab;  al fondo de establecimiento un hombre grande, de mejillas coloradas baja la mirada, escudriña su plato de vegetales, las mejillas se le enrojecen más, pareciera apenado, balbucea algo en dialecto, quizá un: “ustedes disculpen, hace tiempo ya no odiamos a nuestros semejantes, pero…”.
Al terminar de comer la última de las olivas en aceite crudo pago mi cuenta, cruzo la avenida por debajo del puente entre túneles grafiteados. Ni un alma. Sólo las nubes que amenazan con desbordarse en cualquier momento. De la nada, un ciclista toca su chicharra recordándome que no  debo invadir la vía, me avergüenzo un poco, nomás tantito la verdad, pues voy metidaza reconociendo el olor a tierra mojada y tratando de adivinar qué especie de árboles son los que flanquean la gran chimenea que se divisa a la distancia. A pocos minutos llego  a las afueras del Ampere, antigua central de calefacción de la ciudad, transformada ahora en sala de conciertos y bar. Paseo un poco por los alrededores, esta instalación está ubicada en medio de un parque público a las orillas del río Isar. Todo es silencioso. Después de treinta minutos empieza a llegar la gente. Les miro salir de entre los árboles,  de algún túnel, o bajando por la escalinata que viene de no sé dónde. Ahora sí, me dispongo sonriente a conseguir a como dé lugar, un boleto para el concierto. Con motivo de los festejos por 20 años de rocanrolear, la banda mexicana Molotov ofrece, desde España hasta Letonia a sus ya muchos seguidores de este lado del charco, coctel de impacto con rolas sin pelos en la lengua. Yo por supuesto quería acelerarme al compás de: qué muy machín, no? Ah muy machín, no? Marica nena más bien putín, no? Ahí estaba yo muy mona con mi cara de pendeja viendo ir y venir a los enormes güeros tatuados, que chela en mano entraban muy verdad de dios al recinto. También me pegó la envidia al ver pasar  a aquellas dignas representantes de la raza de bronce acompañadas de su respectivo germano  y  pude detectar a uno que otro latino de procedencia desconocida. Sí, Fanses y no fanses que tuvieron oportunidad de conseguir boleto. Pasa una hora. Revendedores cero.  AUSVERKAUFT, Danke!, leo en el único poster que anuncia el evento. “Cien entradas agotadas en su totalidad” escucho una voz en español por ahí perdida. Pero la esperanza muere al último. Como buena chilanga tengo la puntada de ofrecer una propina a los cadeneros del changarro, con todo y sonrisita, guiño diojo, pero niguas, ellos también muy sonrientes y amables me mandaron por un tubo. Ante su negativa y sin posibilidad de organizar el tradicional portazo, me fui capa cáida sólo con la foto del recuerdo que me tomé con el Tito Fuentes a quien me lo pesqué al vuelo cuando le quemaba las patitas a un tabicón. Ya  de regreso en el lugar donde me hospedo, con fondo musical youtubero de puro éxito de Molotov, me chuto unas  Augustinerbräu München bien elásticas y una pitzuca buena, buena, tan buena que se va a ir al cielo; bajo esta noche lluviosa de una capital bávara y sus habitantes que siguen pasando aceite por los recientes hechos violentos del  fin de semana, pero que mucha de su gente continúa deseosa también de conciliarse con otras culturas del mundo.